EL DIFUNTO JOSÉ
"No conocía al difunto José. Tengo de él, sin embargo, una impresión tan viva como si realmente lo hubiera conocido.
Lo que va a saberse ocurrió en tierras cálidas del Pacífico. Me lo contó la madre del "difunto José" (como ella decía), indiecilla flaca y laboriosa.
El padre del difunto José era cholo macizo y holgazán; bebía con frecuencia. El muchacho les resultó canijo, taciturno y amigo de la soledad. Siempre metido en el hogar. No hacía caso del trago, ni de las mujeres, ni de las juntas. Para la madre, el difunto José era un santo. No se parecía en nada a ninguno de los hombres que ella había conocido. De sus hijos, era el que más quería. En los contornos se tenía de él este mismo respetuoso juicio.
Trabajaba lo bastante. Pero más gustaba de la caza. De modo que los días festivos cogía la guápil y se iba a matar pavas y tepescuintles por los montes vecinos.
Una tarde en que había cierta indecible e inevitable tristeza en todas las cosas, el difunto José salió con la guápil al hombro por el sendero de costumbre, sin decir palabra, como siempre, y sin que ello preocupara lo más mínimo a los de su casa. A cierta distancia, se detuvo a la boca de un barranco, alistó la guápil y tranquilamente se pegó los dos tiros.
Como el hijo no regresara, la madre comenzó a preocuparse. Ciertas aves agoreras, al anochecer, algo deplorable le habían anunciado con sus gritos, cuando vinieron a posarse en el naranjo que sombreaba el rancho.
Ya de noche, cansado de esperar y a instancias de la indiecilla, salieron el padre y el otro de los hijos en busca del difunto José. Iban profiriendo malas palabras en el camino. Apenas si veían, a la escasa luz de una linterna. ¡Angustiosa y peligrosa busca! Que en balde duró hasta pasada la medianoche. Regresaron sin noticias. La indiecilla los aguardaba ansiosa. Inquieta, rezaba y con una de las puntas del pañuelo que le cubría las espaldas, secábase las lágrimas, una que otra. Porque el eco, al amparo de la soledad nocturna, le había traído a sus oídos el vano y angustioso clamor paternal: ¡José!, ¡José!...
El trágico remate se conoció al día siguiente, cuando fue posible hallar al difunto. La guápil se quedó entre unas matas, pero el cuerpo rodó más. Lo hallaron mutilado, ensangrentado.
Años más tarde, aún ocurría esto: de raro en raro, la indiecilla recibía promesas de los conocidos –cristianos piadosos–: tapas de dulce, puñitos de frijoles, y pesetas. La indiecilla con eso compraba candelas y las prendía al alma de difunto José, que era alma milagrosa."



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